LA PINTURA DE MANUEL SANTIAGO MORATO

La muestra de este artista no es una de tantas entre las que se presentan en Madrid, porque se trata de un pintor dúctil, sincero y sensible, que dosifica sabiamente todos los elementos que intervienen en la estructuración de sus obras. Concede importancia al tema básico, ajusta la luz y el color, distorsiona con prudencia y cuida los valores táctiles en las texturas.

Intencionadamente se encuentra a caballo sobre dos vertientes : una de ellas de indignación ante las injusticias sociales y otra entrañablemente lírica. Ésta última lima las posibles asperezas de la primera, porque difícilmente puede ser agresivo un poeta.

La protesta pictórica es muy vieja, y mucha de nuestra pintura de comienzos de siglo se desenvuelve entre salas de hospital, inclusas y míseros cuartos de agonizantes; grandes pintores de aquel tiempo como Sorolla y López Mezquita cayeron en la trampa social en dos excelentes obras, las tituladas “Y aún dicen que el pescado es caro” y “Cuerda de Presos”.

La pintura con “mensaje protestatario”, más cercanas son peores porque entrañan con frecuencia resentimientos, venganzas y odios políticos: los expresionismos desgarrados de ayer y los aformalismos de hoy les dieron armas eficaces. La suavización contestataria puede ser peor artísticamente, al caer en ternurismos y sensiblerías, que Santiago Morato ha soslayado, más que por sapiencia, por la calidad intrínseca de su obra.

Todo el conjunto es bueno, pero destacan en él por su expresividad y estilización, el cuadro que ironiza al plutócrata henchido de vanidad con simbología certera en su acompañamiento animalístico: un pajarraco córvido, dispuesto a trabajar en solitario o en equipo, y una cotorra representativa de esa jerga al uso en abundancia de estructuraciones, situaciones coyunturales y por supuesto de nitideces y liquideces.

Antonio Cobo
Diario Ya, mayo 1971

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